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Cuando tenÃa año y medio de edad mi familia se mudó a un paÃs de clima muy frÃo. Cuenta mi mamá, que un dÃa en la noche, ella escuchó que alguien repiraba muy raro. Se levantó de la cama y se dio cuenta que yo, que en ese entonces tendrÃa 3 o 4 años de edad, era quien respiraba asÃ. Me despertaron, tenÃa la garganta tan cerrada que no me salÃa la voz y respiraba hilitos de aire. Llamaron de emergencia al médico y llegó rápidamente a la casa, ni siquiera saludó a mis papás, entró a donde yo estaba, se arrodilló frente a mi y me dijo: “Nena, te tengo que poner una inyección, pero no puedes llorar porque si lloras ya no vas a poder respirar…” Dice mi mamá que yo nada más puse cara de puchero pero asentÃ. El doctor me puso la inyección y esperó a que se me abriera la garganta. Cuando ya podÃa respirar bien, el doctor les explicó a mis papás que en ese paÃs, la causa número uno de mortalidad infantil es por asfixia, los cambios climáticos son tan bruscos y las vÃas respiratorias de los niños son tan delgadas que muchos mueren en las noches asfixiados y nadie se da cuenta hasta el dÃa siguiente. Se me pone la piel chinita cada vez que pienso en todo lo que Dios permitió ese dÃa para que yo hoy siga viva. La vida es un don, cada momento que nuestro corazón sigue latiendo es un regalo de Dios y un compromiso para dar lo mejor de nosotros.









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